Repetí conmigo: “No, no vas a perder a tus seres queridos nonatos, solo vas a ganar derechos”.

La segunda parte de “La nueva ofensiva anti-abortista”  es un ensayo por momentos divertido, que pretende desmentir todos los mitos y leyendas que se encuentran detrás de la legalización del aborto seguro, legal y gratuito. Con el deseo de que luego de leer esta nota, amigo-amiga provida, tengas menos miedo.

No va a ocurrir ningún Apocalipsis Fetal, y nada malo va a pasar cuando te despiertes al día siguiente. 

En esta nueva entrega que podría llamarse “Aborto: Parte Especial”, vamos a profundizar sobre algunas raíces y desmenuzar conceptos presentados en la Parte General de este ensayo en dos partes con el objeto de explicar como no legalizar el aborto seguro, legal y gratuito es una violación a los derechos humanos y una afrenta hacia la mujer como sujeto de derecho.

En vísperas del Centenario de la Revolución de Octubre el leitmotiv de AGUAFUERTES DE SANGRE de este año es la mujer y la conciencia de clase. 


Mitos y leyendas

Con el derecho al aborto seguro, legal y gratuito, no vas a perder a tus futuros seres queridos nonatos (salvo que tengas un aborto espontáneo). Con el derecho al aborto seguro, legal y gratuito, no vas a perder tampoco la posibilidad de llevar adelante un embarazo aunque tu salud esté en riesgo. Tampoco vas a perder la posibilidad de regalar al mundo una gran persona. Nadie va a quitarle a ese ser que llevás dentro tuyo la posibilidad de existir (salvo que tengas un aborto espontáneo).

Si te violan, nadie va a obligarte a abortar.

El derecho al aborto seguro, legal y gratuito no disminuye ni aumenta tu capacidad para tener hijos. Como tampoco disminuye de modo alguno la cantidad de chicos que podés adoptar.

Con el derecho al aborto seguro, legal y gratuito, no vas a perder tu destino manifiesto a ser madre.

14717283_766716580133541_6423337743644724105_nNadie te obligaría a abortar.

Nadie se metería con tu familia.

Ni con tus valores.

Nadie se atrevería a cuestionar tus decisiones.

Nadie se subrogaría decidir cosas por vos.

Nadie jugaría con tu vida.

Ni con tu privacidad.

Porque el derecho al aborto seguro, legal y gratuito lo único que garantiza, es tu libertad de elección. Que puedas autodeterminarte sin intromisiones y de acuerdo a tus creencias. Porque tu cuerpo, no es una discusión social. Pertenece al ámbito de tu privacidad (artículo 19 CN), como sujeto de derecho con soberanía sobre tu cuerpo, y con derecho a proteger tu integridad física, psíquica y moral (inc. 22, artículo 75, CN; inc. 1, artículo 5, Convención Americana de Derechos Humanos). Porque ser madre, no es un trabajo forzado al que puedan obligarte.

O no debería.

La libertad de elección, la libertad de conciencia y la libertad como derecho de la persona humana

¿Tienen las mujeres garantizada la libertad de elección, la libertad de conciencia y la libertad como derecho de la persona humana?

El artículo 15 de la Constitución Nacional Argentina declara:

“En la Nación Argentina no hay esclavos: los pocos que hoy existen quedan libres desde la jura de esta Constitución; y una ley especial reglará las indemnizaciones a que dé lugar esta declaración. Todo contrato de compra y venta de personas es un crimen de que serán responsables los que lo celebrasen, y el escribano o funcionario que lo autorice. Y los esclavos que de cualquier modo se introduzcan quedan libres por el solo hecho de pisar el territorio de la República”.

Es decir, está abolida la esclavitud en nuestro territorio. Al formular la inexistencia de la esclavitud en el artículo 15, lo que se está declarando es la eliminación del trabajo forzoso u obligatorio. Sin embargo, al no estar legislado el aborto seguro, legal y gratuito, la mujer es esclava de su biología. Porque en teoría, la mujer debería tener soberanía sobre su propio cuerpo, como sujeto de derecho con personalidad jurídica. Debería tener derecho a proteger su propia integridad física, psíquica y moral. Debería poder decidir ser madre y no ser forzada.

Lo que nos lleva a la siguiente pregunta. ¿El Estado reconoce realmente a la mujer como sujeto de derecho, con personalidad jurídica y por tanto con igualdad ante la ley?

El artículo 16 de la Constitución Nacional Argentina articula:

La Nación Argentina no admite prerrogativas de sangre, ni de nacimiento: no hay en ella fueros personales ni títulos de nobleza. Todos sus habitantes son iguales ante la ley, y admisibles en los empleos sin otra condición que la idoneidad. La igualdad es la base del impuesto y de las cargas públicas.

La garantía de igualdad ante la ley lo que implica es una “igualdad entre iguales”. Es decir que ante iguales identidades o diferencias, todos y todas deben ser tratados por igual, sin prerrogativas de sangre, ni de nacimiento, porque no hay fueros personales ni títulos de nobleza. ¿Está garantizada la igualdad ante la ley de una mujer que no desea ser madre de otra que lo desea? O por el contrario, ¿el Estado favorece a aquellas mujeres que desean la maternidad, por sobre aquellas que no lo desean, al punto de forzarlas? ¿O acaso esta “igualdad ante ley” consiste en que todas las mujeres serán forzadas a gestar sin importar sus deseos u convicciones salvo que peligre su vida o que esa concepción haya sido impuesta por una violación?

¿El Estado garantiza de manera inequívoca la protección de las mujeres de acuerdo a su identidad, libertad de conciencia, derecho a la privacidad y de culto?

El artículo 19 de la Constitución Nacional Argentina establece:

Las acciones privadas de los hombres que de ningún modo ofendan al orden y a la moral pública, ni perjudiquen a un tercero, están sólo reservadas a Dios, y exentas de la autoridad de los magistrados. Ningún habitante de la Nación será obligado a hacer lo que no manda la ley, ni privado de lo que ella no prohíbe.

El status de “persona”, además de otorgar capacidad de derecho, otorga poder de disposición y un área de intimidad que está regulada por el artículo 19. Donde “lo que no está prohibido está permitido”. La doctrina divide el espacio de reserva personal en el área de intimidad, es decir, la esfera personal que está “exenta del conocimiento generalizado de terceros”; y el derecho de privacidad o “right of privacy”: “la posibilidad irrestricta de realizar acciones privadas por más que se cumplan a la vista de los demás y que sean conocidas por éstos” en la medida que no ofendan el orden y a la moral pública, ni perjudiquen a un tercero.

Es decir que, el aborto no punible, se encontraría encuadrado y protegido por el “right of privacy”, que organizaciones no gubernamentales, médicos, jueces y policías parecen olvidar cada vez que no respetan la capacidad de hecho de la mujer para interrumpir este tipo de embarazos. Y el Estado, mira para el costado a la hora de satisfacer su cumplimiento efectivo. ¿Por qué? Porque tanto el aborto punible y no punible —a pesar de lo establecido en la ley y en los Tratados Internacionales con jerarquía Constitucional—, no pertenece a esa esfera de intimidad de la mujer al que debería pertenecer en todos los casos debido a que un sector considera que “perjudica a un tercero”. ¿Es una persona por nacer “un tercero”? ¿Quién lo determina?

No legalizar el acceso al aborto seguro, legal y gratuito, es una violación flagrante del artículo 19 de la Constitución Nacional, ya que se le está negando a las mujeres el ejercicio de su capacidad moral. Esta falta, a su vez está atentando contra su integridad física y personal,  su derecho a la salud y su derecho a una vida plena, digna y libre de violencia.

linda-maestra-goyaEl artículo 15, 16 y 19 conforma el “derecho de libertad”: otorga un status personal de personalidad jurídica con capacidad de derecho a cualquier ser humano sin importar su sexo, género o etnia por su condición de sujeto de derecho. Un status, como puede leerse en el artículo 16, en el que no se admiten prerrogativas de sangre, ni de nacimiento: es decir sin fueros personales, o títulos de nobleza, ya que todos somos iguales ante la ley. El derecho a la identidad y el derecho a ser diferente se encuentra amparado en el inciso 17 artículo 75 de la Constitución Nacional. Refiere a los Pueblos Originarios, grupos étnicos, la diversidad sexual y crímenes de odio hacia la mujer —entre otros—, a través de los Tratados Internacionales que incluyen Convenciones sobre discriminación racial, sobre Genocidio, sobre la Tortura y la Convención sobre discriminación de la Mujer. Bidart Campos en su Manual de la Constitución Reformada, al tocar todos estos temas, hace hincapié sobre que estos reconocimientos siempre deben ser dentro de lo “justo” y “posible”, además de que al hablar del derecho a la identidad y a ser diferente, aclara que el reconocimiento de éstos con respecto a la mujer toma en cuenta las diferencias “razonables” entre los sexos. Lo que nos lleva a dilucidar que probablemente una de estas diferencias es la inexistencia de capacidad moral en las mujeres.

¿Qué elementos utilizan los juristas para legitimar la esclavitud de las mujeres, su desigualdad ante la ley y su falta de capacidad moral sin que se note mucho? ¿Qué elementos utilizan para subrogarse la tutela y control? La inexactitud de conceptos doctrinales válvula como “justo”, “posible” y “razonable” sumado con el axioma “lo que no está prohibido está permitido”, más los standards de “orden y moral pública” y ese “tercero” difuso y discutible. Con el uso, apreciación e interpretación que se hace de estos elementos según sea conveniente, es que la doctrina sostiene desde una pretendida moralidad y racionalidad las violaciones de derechos a la mitad de su población.

Porque sobre todo en el mundo de las mujeres, la libertad no es un derecho inalienable. Es una cuestión de interpretación.

A pesar de su derecho a la propia identidad y a ser diferente. A pesar de su derecho a la autodeterminación conforme a sus creencias y libertad de conciencia, y su derecho a la privacidad, a la integridad física, a una salud integral, a tener una vida digna y libre de violencia.

La mujer es una res pública esclava de su biología sin ningún tipo de capacidad moral. Porque no está dentro de lo “posible” y “lo justo” que no lo sea.

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No debería ser posible que una persona, así como decide tomarse una café con leche a la mañana, pueda expresar sin ningún titubeo “que todas esas mujeres malnacidas tienen que cagarse muriendo por asesinas…” O no debería ser posible que salir a manifestarte a la calle con pancartas con fotitos de fetos abortados, no requiera una mínima introspección moral. O colgar un cartelito en la puerta de tu local, o de tu balcón, para aclarar —como si a alguien con dos dedos de frente le importara— que “ACÁ SOMOS PROVIDA”. Decir cosas como “casualmente las que están a favor del aborto están vivas”… como si fuera un oxímoron irracional, cuando claramente si estás muerta no podés abortar; aunque vale reconocer que los cadáveres tienen más derechos que las mujeres en la actualidad. O poner el grito en el cielo en nombre de la “potencialidad”… una palabra que alguien escuchó por ahí y que se repitió hasta el hartazgo, porque la subjetividad colectiva la sentía conveniente. O de manera psicomágica querer asimilar el derecho al aborto, seguro, legal y gratuito a un método de “anticoncepción”. Y no importa para nada que sea un hecho que las centrales nerviosas comienzan a desarrollarse después de la semana catorce. No importa tampoco que se explique que ese embrión no siente (porque todavía no tiene desarrolladas terminales nerviosas). O que ese embrión no es una persona. O que ese “tercero” es bastante dudoso. O que muchas religiones hablan del “soplo de vida”… O de la dependencia que tiene ese posible ser a otro ser, que es una persona completa e independiente…

Argumentos que está muy bien que no te importen; y también está muy bien que defiendas a capa y espada la vida desde la concepción… mientras estemos hablando de tu útero, de tu cuerpo. De tu reserva personal, de tu libertad de conciencia. Porque todos estos puntos de vista, también están incluidos en el artículo 19, en esa esfera de la intimidad. Son opiniones, creencias y convicciones que pertenecen a la interioridad de las personas. La libertad de conciencia y de culto, protege todas las manifestaciones, las internas —libertad de conciencia— y aquellas que se manifiestan —libertad de culto. Más allá de la preferencia católica de nuestro Estado Secular, los Tratados Internacionales a los cuales estamos adheridos no protegen solamente a las personas jurídicas religiosas y aquellas personas físicas que se encuentran adheridas a ellas, protege la libertad de conciencia y de culto de todas las personas, sean estas religiosas o no. Sin embargo, cuando estamos hablando de aborto, estas exteriorizaciones toman otra connotación. Dejan de ser solo exteriorizaciones de nuestra esfera de intimidad cuando violamos la libertad de conciencia, la soberanía sobre el cuerpo y la libertad de elección de las mujeres para esclavizarlas a su propio cuerpo negándoles su capacidad moral y su libertad de elección poniendo en juego sus vidas y su salud.

Porque está muy bien defender la vida desde tus propias concepciones, mientras estemos hablando de tu útero, de tu cigoto, de tu embrión, de tu feto o de tu bebé. El Estado no puede subrogarse la soberanía de tu cuerpo.

Si el aborto seguro, legal y gratuito no va a traer el Apocalipsis de San Juan, como tampoco va acabar con la humanidad —como intentan informar de manera profética y alarmista algunas teorías masculinistas de poca relevancia intelecto-metodológica—, como tampoco va a acabar con la familia, como tampoco van a traer pestes y calamidades inexplicables, o despertar a Cthulhu…

¿A qué se debe este nivel de virulenta oposición y necesidad de control? ¿Por qué someter las acciones privadas de las mujeres a un juicio público? Porque estamos de acuerdo en que legislar conforme a: “violemos la soberanía del cuerpo de las mujeres, esas criaturas sin ningún tipo de capacidad moral, forzándolas a parir porque en mi conciencia y en mi punto de vista personal reside la verdad absoluta de la humanidad toda”, está a años luz de ser razonable.

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La mujer como sujeto incapaz de hecho y de derecho

Una de las cosas maravillosas que trajo la Era de la Razón, además del desarrollo de la ciencia, la Secularidad y el Laicismo fue la racionalización del mal. Hasta el Siglo de la Luces, existía la xenofobia y una misoginia que comenzaba a institucionalizarse como paliativo de una Europa en crisis económica en función de un proceso de acumulación originaria precapitalista, pero no el racismo o la misoginia institucionalizada. Ya habían sido usado los mecanismos patriarcales antes de la ilustración para poder controlar la reproducción en otros modelos de producción económica: tenemos ejemplos en Babilonia, el Imperio Romano, los territorios musulmanes, el pueblo judío, el judeo-cristiano, etc. A partir del siglo XV, sin embargo, la Era de la Razón trajo aparejada una institucionalización de la misoginia y el racismo en una escala que nunca se había visto debido a la caza de brujas y a los procesos de colonización territorial. Como explica Silvia Federici en “Calibán y la Bruja”, el racismo sirvió para justificar y así obtener mano de obra no asalariada en los procesos de colonización de África y América, así como la cacería de brujas sirvió para ejercer control y dominar la reproducción de la fuerza de trabajo.

220px-cooking_witchesAntes del siglo XV, en Europa, el proceso de despojo y precarización de los lugares sociales que tenía la mujer ya habían empezado, habían comenzado a perder capacidad de hecho y de derecho, pero no había caído sobre ellas el nivel de virulencia que se vio en el siglo XV, XVI y XVII. En la Baja Edad Media, las mujeres habían comenzado a ser perseguidas por herejes, se las había empezado a despojar junto a tantas otras personas de los espacios comunales que les servían para autoabastecerse. Además de otros roles de los que fueron expulsadas. A partir del siglo XV, las parteras empiezan a ser alejadas de sus trabajos, ante el avance de la medicina, debido a las pestes, el control reproductivo comienza a ser necesario y los embarazos ilegítimos comienzan a ser perseguidos. La misoginia fue un buen modo de apalear la crisis para los poderosos, ya que al permitirle a los hombres ciertas libertades sobre las mujeres, podían canalizar mejor sus frustraciones y odios de manera “inofensiva” y continuar el proceso de despojo en el proletariado comunal. Así también aquellas mujeres sobre las que recaía la sospecha de que habían perdido embarazos a propósito empezaron a ser perseguidas, se les devolvieron ciertas capacidades jurídicas para poder ser condenadas. El trabajo de la mujer comienza a ser considerado de menor calidad que el del hombre —excusa de precarización laboral que generó un enfrentamiento mayor con ciertos sectores artesanos, ya que se contrataban mujeres porque se les podía pagar un menor salario—, hasta que el trabajo doméstico dejó de ser considerado trabajo y por ende no-pagado —cualquier trabajo que realizare la mujer en su hogar fue sujeto a devaluación: cuidado de niños, cuidado del hogar, de los campos, hilar, mantener los huertos y cocinar— y en muchos lugares se institucionalizó la prostitución y se despenalizaron los ataques sexuales a las mujeres como un modo de apalear la crisis. En el siglo XV la tortura y matanza de mujeres escaló a niveles fenomenales, los sectores eclesiásticos incorporaron por medio de bulas papales la emergencia de brujería y se escribieron imaginativos tratados como “El Martillo de las Brujas” entre otros, para legitimar lo injustificable.

La mujer en los períodos que van de la Baja Edad Media hasta el siglo XIX, no solo pierde su forma de abastecerse y posibilidades de encontrar trabajo sino que se produce su muerte civil. Para el siglo XVIII, con la caza de brujas extinguiéndose y olvidándose, el modelo de mujer que sobrevive es aquella mujer dócil incapacitada de hecho y de derecho, cuyo trabajo era inferior al de los hombres y que no merecía ser remunerado. Esa “buena madre”  y esa “mujer descarriada” creadas por la Iglesia, por intelectuales de la Era de la Razón, “científicos” y artistas. Esa idea bipolar de mujer ángel y mujer demonio que podemos encontrar en la literatura que prevaleció haciendo correr un río de sangre. Una mujer que perdió la capacidad de narrarse a sí misma y autodeterminarse. El mismo ideal bipolar que se puede encontrar en las cenizas de Babilonia con Ishtar, los cultos a Astarté y Moloch en Biblos, en el mito hebreo de Lilith y Eva o en Sumeria con Inanna y Ereshkigal. Esa mujer que junto al proletariado asalariado y a aquellas personas sometidas a la esclavitud que no estaban incluidas en la caracterización de “hombre” de las declaraciones de derechos de West Virginia y posteriormente en las declaraciones de derechos de la Revolución Francesa. ¿Por qué se hace necesario no usar “hombres” como un plural de la especie humana? Porque históricamente ese sustantivo nunca tuvo un fin inclusivo y pretender que ahora lo tiene es invisibilizar nuestra propia historia. Diferencia palpable con la instituta romana de matrimonio monopolizada por la Iglesia y cuya apertura y laicidad es una ganancia hacia la igualdad ante la ley de todas las personas que deseen conformar un contrato matrimonial sin obstáculos de ningún tipo. Si incluso lo miráramos desde el lugar protagónico que tuvo la instituta romana de matrimonio para el control de la reproducción y de la fuerza de trabajo se podría llegar a explicar por qué ese rechazo primitivo al matrimonio igualitario y la necesidad de ampararse en la tradición y la sagrada familia: la laicidad e inclusión de la instituta es un golpe para el sistema capitalista. En cambio, la lucha de las mujeres por ser incluidas en el sustantivo “hombres” no es ninguna ganancia: es aceptar que el género predominante fue el hombre como especie y que ahora, nosotras, tenemos que estar agradecidas por ser consideradas “hombres”.

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Cuando tratamos a la mujer como una res publica, cuando le quitamos su capacidad moral, cuando jugamos con su derecho a la integridad física negándole soberanía sobre su propio cuerpo y la esclavizamos a su biología, estamos volviendo a épocas arcaicas cercanas. Estamos reproduciendo desvalorizaciones adoptadas por un proceso de siglos y siglos hacia las mujeres en su calidad de personas. Procesos que se vienen utilizando hace milenios, mecanismos patriarcales que han sido utilizados de manera efectiva por otros tipos de estructuras de explotación económica. Los mecanismos patriarcales no son innatos del modelo de producción capitalista, así como tampoco lo es la esclavitud. Esto podemos verlo revisando cualquier libro de historia. El tipo de tutela estatal de los cuerpos femeninos llega a occidente a través del derecho romano y el derecho canónico. No así el racismo, que es un producto neto de la Era de la Razón, una racionalización del mal nacida de un error de lenguaje: la naturaleza del alma de las personas. Sin embargo, el tipo de misoginia que sigue anclada en occidente es producto de este largo proceso de acumulación originaria precapitalista como elemento de control que se instauró con la caza de brujas. Es por esto mismo, que podemos mirar los derechos a la libertad y de manera tan naturalizada no ver que aun hoy en nuestro sistema de derecho se están vulnerando derechos fundamentales de las mujeres.

Porque si hay algo que está claro, es que el derecho a proteger la vida y a que se está “matando algo” sea un manojo de células con ADN humano, un embrión, un parásito, un ser humano “potencial” o una persona, está en severa discusión. Incluso, aunque así no lo fuera, la única posición posible a tomar es la libertad de elección. El posible dilema ético que apareje el aborto, es una decisión que debe tomar cada mujer en su autodeterminación y capacidad moral, de acuerdo a lo que dicte su conciencia. No es una decisión que pueda subrogarse ni el Estado ni la gente.

Tenemos derecho a tener control sobre nuestra anticoncepción y sobre nuestra reproducción. Sobre ambas: anticonceptivos para no abortar, y aborto legal para no morir. Ser madre no debería ser un trabajo forzado adjudicado por nuestra condición de mujeres.

Ninguna mujer debería ser esclava de su biología, incluso, aunque alguien haya legislado que el aborto salvo en las excepciones de aborto no punible es delito.

Lavarse las manos en nombre de lo legal y lo justo

¿Podemos decir entonces que el problema está en el Código Penal? ¿Es el problema que el Estado reconozca al aborto como un delito? ¿El problema es el reconocimiento del niño por nacer como persona y sujeto de derecho? ¿El reconocimiento de la vida desde la concepción? ¿El problema está en lo difícil que es codificar y armonizar un nuevo sistema de normas? ¿Es tan complicado ahondar en este tema cuando está claro que en el estado de nuestra Constitución Nacional actual se están vulnerando derechos fundamentales de las mujeres?

image005En el mundo de los in dubio pro fetos, los provida defensores de la legalidad, existe un punto que casi nadie toca… “Es todo un tema como incluir el aborto seguro, legal y gratuito”, “es un asunto delicado”, “el aborto es un delito”. Lo curioso, es que en el mundo del derecho existen los campos de interpretación jurídica, debido a que el derecho codificado presenta bastante dificultad para su reforma. Si hubiera ganas y voluntad, el artículo 19 del nuevo Código Civil Argentino, aquel que reconoce la vida de las personas desde la concepción, se lo podría tomar de una manera amplia, igual que hacen otros Estados suscritos, con el artículo 4 en el Pacto de San José de Costa Rica. ¿Qué quiere decir esto? Que reconocer la vida desde su concepción no es en sentido restrictivo o taxativo. Sino que protege la vida desde la concepción para casos específicos —aquellas mujeres que así lo deseen, por ejemplo— sin violar otros derechos fundamentales. Porque en los Tratados Internacionales con jerarquía Constitucional —tanto el Pacto de San José de Costa Rica y la Convención de Derechos del Niño— según la interpretación de sus alcances para la Corte Interamericana de Derechos Humanos, no existe un reconocimiento del embrión más allá de la mujer embarazada; el embrión se protege no en cuanto a embrión o “persona por nacer” o “sujeto de derecho” o como individuo en sí mismo, sino que su protección surge como parte de la mujer embarazada, es una “persona por nacer” pasible de derechos pero no sujeto de derecho; hacerlo de otra manera —es decir con la interpretación con la que pretenden proteger a la “persona por nacer” los legisladores argentinos, o solo a la mujer gestante que desea llevar a término su embarazo y forzar a la que no lo desea, por ejemplo—, es una violación a los derechos humanos de las mujeres y su soberanía sobre el cuerpo. Otro método muy usado, son las lisas y llanas declaraciones de inconstitucionalidad —como sucedió hace poco en Brasil, con respecto a los artículos sobre aborto en su propio Código Penal—, que pueden verse aplicadas en diferentes leyes marco de nuestro extenso sistema jurídico. Como el fallo FAL, de la Corte Suprema de Justicia, que actualizó los alcances del aborto no punible que no estaban delimitados en las excepciones del inciso 2 del artículo 85 del Código Penal Argentino. Generalmente, el énfasis en las modificaciones y el exacerbado legalismo, se utilizan como argumento cuando no hay ganas de examinar determinadas políticas públicas. No es porque “sea difícil” o porque “no se pueda”, es porque existe una voluntad política que elige violar sus propios principios y postulados para controlar mediante su poder punitivo a todas aquellas mujeres que no deseen gestar o ser madres en nombre de un bien jurídico moral, que en un alarde de irracionalidad sin precedentes —salvo quizá, cuando la mujer era una muerta civil— está contenido en nuestro Código Penal Argentino como un “Delito contra la vida” cuando lo que se está penalizando es la acción típica de una mujer que no cumple con la identidad implícita otorgada por el Estado: la de madre. 

300px-divino_infante_5El mismo análisis puede usarse para el concepto escolástico de “concepción” y la aparición de la persona humana. Los modelos causalistas se han dejado de usar por su pobre capacidad para delimitar los hechos. ¿Por qué la concepción? ¿Por qué los óvulos o los espermatozoides no son considerados el comienzo de la vida humana? Penalizar a las mujeres por abortar no está muy lejos de penalizar a los hombres por masturbarse o a las mujeres por dejar ir sus óvulos no fecundados una vez al mes. El gran problema de las teorías causalistas, es que todas las líneas que se trazan son imaginarias. No pueden supeditarse las decisiones morales de las personas a fantasías. La regla moral detrás del concepto de concepción no es racional, es misoginia. Para cargarse los derechos reproductivos de la mitad de la población se necesita algo más que “la línea tiene que trazarse en algún lado”. La filosofía de la moral y de la ética ha avanzado mucho más que esto desde los albores de la Era de la Razón. La convicción sobre la protección de las personas por nacer es muy respetable mientras sea una elección. Una elección que debe ser reconocida, respetada y amparada por el Estado pero bajo ningún concepto una regla general policial. No hay equidad, ni soberanía sobre el propio cuerpo, ni autodeterminación, ni derechos reproductivos, ni derecho a la salud, ni igualdad ante la ley si se le niega capacidad moral a la mitad de la población.

El derecho al aborto seguro legal y gratuito salva vidas

La mujer no será un sujeto de derecho pleno hasta que el derecho al aborto seguro legal y gratuito sea reconocido. Ya que el acceso al aborto clandestino actualmente está supeditado a la capacidad económica. Reconocer este derecho no va a aumentar la cantidad de abortos si no evitar que mueran mujeres que no pueden pagarse abortos seguros. Por otro lado, la excepción de punibilidad para los abortos producto de violaciones o riesgo de vida, sigue siendo un castigo sobre las decisiones de las mujeres, de aquellas “otras”, es decir: misoginia. Una misoginia que se ve reflejada en los obstáculos que ponen algunos médicos, organizaciones no gubernamentales y gubernamentales, cada vez que se le ponen obstáculos a la capacidad de hecho de la mujer que encuadra en la excepción de aborto no punible. El reciente e irracional caso “Belén” es una clara muestra de la misoginia institucionalizada en nuestra sociedad. Una mujer que no sabía que estaba embarazada y que tuvo un aborto espontáneo en un hospital público en Tucumán a la cual se le armó una causa penal, se la criminalizó y estuvo presa tres años… por tener un aborto espontáneo.

el-mundoCada vez que el sistema capitalista se encuentra en crisis, el status jurídico de la mujer se encuentra en riesgo. Basta con mirar la reciente despenalización de la violencia doméstica en Rusia o la quita de fondos públicos para el aborto seguro, legal y gratuito realizada por Trump en Estados Unidos, o el intento violento de prohibir el aborto en Polonia sin excepciones y yendo sobre derechos adquiridos, o —volviendo sobre Federici— el racismo creciente ante los musulmanes o la situación de la mujer dentro de los mismos Estados Musulmanes. O mirando más de cerca, el coqueteo gubernamental ante un nuevo anteproyecto de ley de privilegios religiosos, objeción de conciencia, blasfemia y sacrilegio como respuesta a las multitudinarias marchas de mujeres en el 2016 en contra de la violencia de género y los femicidios o la propuesta de bajar la edad de imputabilidad penal como tapones ante la falta de voluntad política de solucionar los problemas endémicos que arrastra nuestra sociedad.

Si lo que molesta es que las mujeres que abortan de manera clandestina no mueran con la legalización del aborto por no querer responder a la identidad implícita otorgada por el Estado y una parte de la sociedad, entonces estamos permitiendo, además, que malas personas se tomen atribuciones sobre derechos que no les son propios. Y el Estado al ignorar estos reclamos está siendo cómplice por omisión y violando derechos humanos, ya que permitir la muerte de mujeres por abortos clandestinos, es un ejercicio por omisión del poder punitivo. Porque la base de la voluntad política, religiosa y social entonces, está supeditada al interés de que esas mujeres que no comparten el mismo punto de vista sobre la concepción o el rol genérico que se les impone, sean castigadas o que como mínimo tengan la dignidad de morirse por no querer ser madres o por no querer gestar, o porque las violaron y quedaron embarazadas, o porque les falló el método anticonceptivo o simplemente, porque se echaron un polvo. ¿Qué tipo de valoración moral existe en este razonamiento hacia esa mitad de la población que tiene útero? ¿Qué dice esto de ustedes como seres humanos?

Repetí conmigo: No somos vasijas, somos personas.


Bibliografía:

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