Harry Potter y los misterios de la interseccionalidad, los privilegios y la opresión.

Este breve ensayo fue subido por Anna Karsis en su Facebook en razón de la cantidad de estupideces que tuvo que escuchar en relación al #Tetazo.

Debido a su increíble actualidad y brevedad didáctica, optamos por compartirlo en AGUAFUERTES DE SANGRE con algunas correcciones (J.K. Rowling no estuvo involucrada para nada en el desarrollo de este ensayo y debe leerse como un fan-fiction de la saga). 

¡Acompaña al joven mago en esta trágica aventura!


—¡Que privilegiado si soy un laburante! —gritaba un macho el martes, mientras era echado del perímetro del #Tetazo.

***

Uno de los grandes problemas conceptuales que podemos encontrar por afuera de las fronteras del feminismo es que mucha gente confunde el hecho de que se les señalen sus privilegios con que se los acuse de privilegiados.

Y la realidad es que no es lo mismo.

En la sociedad hay diferentes tipos de privilegios que se cruzan. Los de género y los de clase social son probablemente los más importantes por la cantidad de gente a la que afectan. Pero no son los únicos: tenemos privilegios étnicos, culturales, de identidades de género, educativos. Y también privilegios que benefician a las formas “respetables” de vivir.

Cada privilegio representa la contra-cara de un tipo de opresión, porque carecer de ese privilegio implica estar en desigualdad negativa. Llamamos Interseccionalidad a tener en cuenta esos diferentes niveles de opresión y cómo se acoplan e interactúan entre sí. Especialmente en el contexto del desarrollo de estrategias de emancipación. En conjunto, todos los privilegios configuran el complejo sistema de opresión que opera en nuestras sociedades desiguales.

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Sólo se puede afirmar que una persona es privilegiada, cuando sus privilegios son tantos que la sitúan por encima de cualquier tipo de opresión, o que debido a la cantidad de privilegios que tiene, esta opresión se vuelve irrelevante. Privilegiados auténticos hay muy pocos. En general, hombres racialmente aceptables —”blancos”—, de clases altas, cis-hetero —esto quiere decir que percibe su género de acuerdo con su genitalidad natalicia y vive su sexualidad de acuerdo a la (hetero)norma socialmente aceptada— y “respetables”. Muy pocas mujeres —todas de clases altas—, pueden contarse entre estas personas privilegiadas y aún así estas mujeres siempre estarán en desventaja frente a los hombres de su mismo status. En la práctica existen muchísimas personas poseedoras de privilegios que son oprimidas. En términos generales, es real que ningún trabajador o trabajadora es privilegiado. El problema es que los privilegios actúan de forma autónoma unos de otros. El privilegio del género masculino por ejemplo, existe en gran medida con autonomía de los privilegios de clase. Hay circunstancias donde pertenecer a una clase social más alta no pone a una mujer a salvo del privilegio masculino que los hombres ejercen.

Por esto, que alguien sea parte de la enorme masa de oprimidos de la sociedad, 90% o 98% de todos nosotros —depende la fuente—, no implica que no posea privilegios que operen a su vez en la opresión de otras personas.

Esto no es casual. La sociedad reparte estos privilegios para sostener el sistema opresor. El objetivo funcional es que sus poseedores se sientan menos oprimidos gracias a tener gente que se sitúa por debajo de ellos con respecto a ciertas cosas. Porque el privilegio es en parte pasivo, pero en una gran parte es ejercido. Y todo ejercicio de un privilegio, siempre, oprime a alguien. El sistema opresor no funcionaría sin esas auténticas limosnas de privilegios concedidos a tantos oprimidos. El conformismo social que hace viable la opresión se desvanecería. Los privilegios existen en buena medida justamente para eso.

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Un privilegio, entonces, le permite a su poseedor desahogarse a su gusto a costa de quienes no lo poseen. De modo quizá menos directo y general, quizá, hace también que el placer de tener gente por debajo suyo haga que quien detenta el privilegio sea favorable al sistema de opresión, aún cuando él también sea en realidad parte de los oprimidos.

Y cuando un privilegio es poseído por una porción enorme de los principales sectores oprimidos, naturalizado y perpetuado —como es el privilegio de género—, en lugar de cuestionar la opresión a la que esos sectores están sometidos, ese desahogo suele funcionar de forma masiva como reacción. Un ejemplo de esto es la rabia contra las minorías étnicas de parte de muchos sectores pobres. Y en el caso de la opresión de las mujeres se trata de un mecanismo casi universal.

Por supuesto, el sistema combina esto con la coerción. Oprimir a los de abajo es más cómodo, porque combatir la opresión hacia arriba está penalizado por una serie de mecanismos que suelen incluir la violencia física. Pero esto es otra historia.

Así, el macho a menudo prefiere ejercer su privilegio oprimiendo a quienes la sociedad sitúa por debajo de él —básicamente toda otra realidad o expresión de sexualidad que no sean la suya—, en lugar de cuestionar al sistema y a aquellos más privilegiados que él, que son quienes efectivamente lo oprimen. Si el macho no tuviera esos privilegios sobre las mujeres, seria consciente mucho más rápido de la situación de opresión a la que el sistema lo somete.

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Toda persona que ejerce privilegios tiende a aterrorizarse cuando uno de estos privilegios es cuestionado. Se aterroriza porque a veces es el único privilegio que posee y puede ejercer en una vida de completa opresión. En su alienación, ese sujeto percibe ese cuestionamiento a su privilegio como un ataque a él mismo y no como un ataque hacia el sistema opresor.

Quizá el ejemplo más extremo de esto son los hombres cis-hetero de clase media, con el dinero y la educación como para tener amplias ventajas en la sociedad. Tienen tantos privilegios que realmente viven en la ilusión de que son privilegiados, y aunque la gran mayoría de ellos vive siendo desangrado por la explotación del sistema —para cuyo sostenimiento su trabajo suele ser instrumental—, prefieren hacer uso de sus múltiples privilegios para sentirse superiores y pisotear a todos aquellos que la sociedad puso por debajo suyo. Una lástima, porque justamente ellos están en una posición inmejorable para cuestionar a quienes realmente oprimen.

Incluso a veces, estas personas con privilegios perciben los intentos emancipatorios de aquellos —o aquellas— que están por debajo suyo —en la estructura de opresión—, como un intento de dar vuelta la situación para oprimirlos a ellos. Escenario que los dejaría incluso más abajo en la escala de los oprimidos. Por esto, cuando un privilegio se cuestiona, quienes lo poseen lo sienten como una opresión. Como un intento de los no-privilegiados de quitarles un “derecho”.

Ese derecho mezquino a oprimir a quienes están debajo.

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Cuando en realidad lo que está sucediendo es que al tambalear ese privilegio, la opresión real, la que sufren de parte de los de arriba, queda más en evidencia. En lugar de cuestionar la explotación e indignidad a la que las clases auténticamente privilegiadas los están sometiendo, esos pequeños portadores de privilegios —como pequeños accionistas que se creen burgueses— reaccionan como si fuese un ataque contra ellos, o contra su patrimonio. Muchas veces sin entender, y otras sin que les importe, cuánto realmente le cuesta a los oprimidos que ellos tengan esas ventajas, y cuán desesperado es para éstos que esa opresión se reduzca porque se les va la vida en ello.

Es por esto que como poseedores de privilegios parciales, frente a los reclamos del feminismo los hombres deberían entender que cuestionar esos privilegios no es ceder lugares. Es tomar consciencia de quienes son de verdad los que los están oprimiendo. Es necesario tirar a la basura las migajas que les da la sociedad para valorizarse y dejar de hacer su parte en sostener el sistema de opresión.

Ese sistema de opresión en el cual estamos todos sometidos y que para mantenerlos tranquilos los ha convencido de que necesitan esos privilegios —que cargan sobre otras personas una opresión multiplicada que les cuestan sangre—, cuando lo que en realidad necesitan es liberarse de ese sistema.

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