Harry Potter y los misterios de la interseccionalidad, los privilegios y la opresión.

Este breve ensayo fue subido por Anna Karsis en su Facebook en razón de la cantidad de estupideces que tuvo que escuchar en relación al #Tetazo.

Debido a su increíble actualidad y brevedad didáctica, optamos por compartirlo en AGUAFUERTES DE SANGRE con algunas correcciones (J.K. Rowling no estuvo involucrada para nada en el desarrollo de este ensayo y debe leerse como un fan-fiction de la saga). 

¡Acompaña al joven mago en esta trágica aventura!


—¡Que privilegiado si soy un laburante! —gritaba un macho el martes, mientras era echado del perímetro del #Tetazo.

***

Uno de los grandes problemas conceptuales que podemos encontrar por afuera de las fronteras del feminismo es que mucha gente confunde el hecho de que se les señalen sus privilegios con que se los acuse de privilegiados.

Y la realidad es que no es lo mismo.

En la sociedad hay diferentes tipos de privilegios que se cruzan. Los de género y los de clase social son probablemente los más importantes por la cantidad de gente a la que afectan. Pero no son los únicos: tenemos privilegios étnicos, culturales, de identidades de género, educativos. Y también privilegios que benefician a las formas “respetables” de vivir.

Cada privilegio representa la contra-cara de un tipo de opresión, porque carecer de ese privilegio implica estar en desigualdad negativa. Llamamos Interseccionalidad a tener en cuenta esos diferentes niveles de opresión y cómo se acoplan e interactúan entre sí. Especialmente en el contexto del desarrollo de estrategias de emancipación. En conjunto, todos los privilegios configuran el complejo sistema de opresión que opera en nuestras sociedades desiguales.

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Sólo se puede afirmar que una persona es privilegiada, cuando sus privilegios son tantos que la sitúan por encima de cualquier tipo de opresión, o que debido a la cantidad de privilegios que tiene, esta opresión se vuelve irrelevante. Privilegiados auténticos hay muy pocos. En general, hombres racialmente aceptables —”blancos”—, de clases altas, cis-hetero —esto quiere decir que percibe su género de acuerdo con su genitalidad natalicia y vive su sexualidad de acuerdo a la (hetero)norma socialmente aceptada— y “respetables”. Muy pocas mujeres —todas de clases altas—, pueden contarse entre estas personas privilegiadas y aún así estas mujeres siempre estarán en desventaja frente a los hombres de su mismo status. En la práctica existen muchísimas personas poseedoras de privilegios que son oprimidas. En términos generales, es real que ningún trabajador o trabajadora es privilegiado. El problema es que los privilegios actúan de forma autónoma unos de otros. El privilegio del género masculino por ejemplo, existe en gran medida con autonomía de los privilegios de clase. Hay circunstancias donde pertenecer a una clase social más alta no pone a una mujer a salvo del privilegio masculino que los hombres ejercen.

Por esto, que alguien sea parte de la enorme masa de oprimidos de la sociedad, 90% o 98% de todos nosotros —depende la fuente—, no implica que no posea privilegios que operen a su vez en la opresión de otras personas.

Esto no es casual. La sociedad reparte estos privilegios para sostener el sistema opresor. El objetivo funcional es que sus poseedores se sientan menos oprimidos gracias a tener gente que se sitúa por debajo de ellos con respecto a ciertas cosas. Porque el privilegio es en parte pasivo, pero en una gran parte es ejercido. Y todo ejercicio de un privilegio, siempre, oprime a alguien. El sistema opresor no funcionaría sin esas auténticas limosnas de privilegios concedidos a tantos oprimidos. El conformismo social que hace viable la opresión se desvanecería. Los privilegios existen en buena medida justamente para eso.

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Un privilegio, entonces, le permite a su poseedor desahogarse a su gusto a costa de quienes no lo poseen. De modo quizá menos directo y general, quizá, hace también que el placer de tener gente por debajo suyo haga que quien detenta el privilegio sea favorable al sistema de opresión, aún cuando él también sea en realidad parte de los oprimidos.

Y cuando un privilegio es poseído por una porción enorme de los principales sectores oprimidos, naturalizado y perpetuado —como es el privilegio de género—, en lugar de cuestionar la opresión a la que esos sectores están sometidos, ese desahogo suele funcionar de forma masiva como reacción. Un ejemplo de esto es la rabia contra las minorías étnicas de parte de muchos sectores pobres. Y en el caso de la opresión de las mujeres se trata de un mecanismo casi universal.

Por supuesto, el sistema combina esto con la coerción. Oprimir a los de abajo es más cómodo, porque combatir la opresión hacia arriba está penalizado por una serie de mecanismos que suelen incluir la violencia física. Pero esto es otra historia.

Así, el macho a menudo prefiere ejercer su privilegio oprimiendo a quienes la sociedad sitúa por debajo de él —básicamente toda otra realidad o expresión de sexualidad que no sean la suya—, en lugar de cuestionar al sistema y a aquellos más privilegiados que él, que son quienes efectivamente lo oprimen. Si el macho no tuviera esos privilegios sobre las mujeres, seria consciente mucho más rápido de la situación de opresión a la que el sistema lo somete.

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Toda persona que ejerce privilegios tiende a aterrorizarse cuando uno de estos privilegios es cuestionado. Se aterroriza porque a veces es el único privilegio que posee y puede ejercer en una vida de completa opresión. En su alienación, ese sujeto percibe ese cuestionamiento a su privilegio como un ataque a él mismo y no como un ataque hacia el sistema opresor.

Quizá el ejemplo más extremo de esto son los hombres cis-hetero de clase media, con el dinero y la educación como para tener amplias ventajas en la sociedad. Tienen tantos privilegios que realmente viven en la ilusión de que son privilegiados, y aunque la gran mayoría de ellos vive siendo desangrado por la explotación del sistema —para cuyo sostenimiento su trabajo suele ser instrumental—, prefieren hacer uso de sus múltiples privilegios para sentirse superiores y pisotear a todos aquellos que la sociedad puso por debajo suyo. Una lástima, porque justamente ellos están en una posición inmejorable para cuestionar a quienes realmente oprimen.

Incluso a veces, estas personas con privilegios perciben los intentos emancipatorios de aquellos —o aquellas— que están por debajo suyo —en la estructura de opresión—, como un intento de dar vuelta la situación para oprimirlos a ellos. Escenario que los dejaría incluso más abajo en la escala de los oprimidos. Por esto, cuando un privilegio se cuestiona, quienes lo poseen lo sienten como una opresión. Como un intento de los no-privilegiados de quitarles un “derecho”.

Ese derecho mezquino a oprimir a quienes están debajo.

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Cuando en realidad lo que está sucediendo es que al tambalear ese privilegio, la opresión real, la que sufren de parte de los de arriba, queda más en evidencia. En lugar de cuestionar la explotación e indignidad a la que las clases auténticamente privilegiadas los están sometiendo, esos pequeños portadores de privilegios —como pequeños accionistas que se creen burgueses— reaccionan como si fuese un ataque contra ellos, o contra su patrimonio. Muchas veces sin entender, y otras sin que les importe, cuánto realmente le cuesta a los oprimidos que ellos tengan esas ventajas, y cuán desesperado es para éstos que esa opresión se reduzca porque se les va la vida en ello.

Es por esto que como poseedores de privilegios parciales, frente a los reclamos del feminismo los hombres deberían entender que cuestionar esos privilegios no es ceder lugares. Es tomar consciencia de quienes son de verdad los que los están oprimiendo. Es necesario tirar a la basura las migajas que les da la sociedad para valorizarse y dejar de hacer su parte en sostener el sistema de opresión.

Ese sistema de opresión en el cual estamos todos sometidos y que para mantenerlos tranquilos los ha convencido de que necesitan esos privilegios —que cargan sobre otras personas una opresión multiplicada que les cuestan sangre—, cuando lo que en realidad necesitan es liberarse de ese sistema.

La nueva ofensiva anti-abortista.

En este artículo especial en dos partes, Ana Karsis nos obsequia un pormenorizado análisis de la estrategia anti-abortista y por qué ésta coquetea con el comportamiento criminal tratando a la integridad física femenina como “cosa publica”. 

La segunda parte de este artículo,  realizado por Úrsula de la Marca, se ocupa de los Mitos y Leyendas pro-feto, la mujer como sujeto de derecho, su capacidad de hecho y de derecho, y las circunstancias históricas que llevaron a su muerte civil y la posterior recuperación de sus derechos civiles.


El proyecto de Ley de Interrupción Voluntaria del embarazo ha llegado al Congreso a fines de Junio por sexta vez. Diez años pasaron desde que se lanzó la Campaña Nacional por el Aborto Legal, Seguro y Gratuito, y unos 30 desde que el tema comenzó a discutirse en Argentina, razón por la cual se lo ha denominado una “deuda de la democracia”. En aquel entonces, sólo los países comunistas, las social-democracias y otras naciones socialmente avanzadas de Europa contaban con el reconocimiento de este derecho. En estas tres décadas este reconocimiento se ha extendido a casi la totalidad del mundo desarrollado, salvo por unos pocos países donde el aborto se encuentra desjudicializado. Esto quiere decir que el procedimiento no está penado y que la práctica solo requiere la aprobación del médico.

aborto-legalPese al tiempo que lleva el debate en Argentina, la situación no avanzó del mismo modo que en ese mundo moderno al que tantas facciones políticas aspiran —o dicen aspirar— a pertenecer. La aprobación de una ley que permita la interrupción voluntaria del embarazo se ha detenido varias veces, en muy diversas instancias. A la par de esto, la opinión pública con respecto al tema permanece dividida, pero también neutralizada en parte por el bombardeo constante y sistemático de argumentos, sobre todo desde sectores fuertemente reaccionarios que están en contra del reconocimiento de este derecho. Las voces a favor, por el contrario, han ido creciendo en alcance y solidez, pero todavía no han podido escapar de la situación de polémica con sus oponentes.

1320935287058-abortoEstos sectores reaccionarios tienen en su agenda política el perpetuar ciertos valores sociales tradicionales —y con lineas de razonamiento bastante irracionales— de un esquema en el que son clave construcciones ideológicas como las de “madre” o “familia”. Así, hacen de la discusión sobre el derecho al aborto una materia en la que puede opinar toda la sociedad. Eligen llevarla a un campo de res publica —cosa pública, esfera pública, cuando en realidad se trata de un derecho personalísimo: el derecho a la integridad y la autordeterminación física; tan elemental como el derecho a la vida y del mismo grado que éste. Los sujetos de derecho biológicamente masculinos tenemos este derecho completamente garantizado, al menos en lo que a los estados modernos respecta. Mientras que en los sujetos de derecho portadores de útero está condicionado: una de sus funciones corporales —la capacidad reproductiva—, hace que su derecho a la integridad física —o parte de él— dependan de la opinión pública.

Entonces, la existencia de la polémica, en tiempos en que ese derecho a la integridad física ha sido ya definido y reconocido a nivel internacional, es de por sí el principal problema.

El único problema.

Debido a esto, los sectores que aspiran a que la capacidad reproductiva femenina continúe siendo un espacio válido de la opinión pública —en lugar de recuperar su lugar en la órbita privada—, mantienen su posición intacta incluso aunque pierdan el debate. Justamente porque sigue siendo la opinión social la que decide, y no los sujetos de derecho a los que los cuerpos pertenecen. Incluso si se legalizara el aborto de manera condicionada, al mantenerse ese espacio de opinión, el derecho a la integridad física quedaría en entredicho para la mitad de la población: aquella que porta útero.

crrkuw8w0aaqvmbAsí, Argentina ha quedado en el grupo de países periféricos, católicos, la mayoría latinoamericanos, donde la discusión del aborto tiene lugar, donde incluso está despenalizado para ciertas circunstancias, pero donde no es reconocido como parte integral de un derecho elemental. Las razones de esto son prácticamente análogas en todas estas naciones. El poder político de la Iglesia Católica es un factor muy fuerte en todos los casos, y sin duda es uno de los pilares principales de ese sistema de valores, pero puede ser un error pensar que esta situación se limita a argumentos religiosos. Éstos son, en todo caso, uno de los elementos que apuntalan y legitiman este sistema. Porque el corazón de ellos es un elemento más básico: la misoginia.

La misoginia es una forma de odio colectivo que tiene por blanco al género femenino. Cuando hablamos de odio al género femenino, o misoginia, no hablamos necesariamente de una animosidad físicamente destructiva (aunque sabemos que la misoginia también se manifiesta de estas formas). Nos referimos a tomar por aceptable la idea, basada en premisas naturalizadas, de que un grupo humano determinado —un género en este caso, la mitad de nosotros— es inferior, dado que no es merecedor de que sus derechos individuales —o algunos de ellos— les sean reconocidos de forma cabal, sino que es lícito que estén condicionados por ciertas características. En este caso son características biológicas innatas, algo no muy diferente de lo que sufrían los africanos subsaharianos en las sociedades en las que habían sido vendidos como esclavos.

Por esto es que se habla de ideologías de odio tanto al referirse a la misoginia como al racismo.

En el caso de la mujer, la excusa biologicista para vulnerar algunos de sus derechos fundamentales es la naturalización de sus funciones reproductivas y su rol como “madre”. Porque en su cuerpo se gestan los futuros individuos de la sociedad. Esos futuros ciudadanos “potenciales”. Por medio de este atropello  —el jerarquizar el rol de útero y madre por sobre el de persona o sujeto de derecho—, el cuerpo de la mujer se transforma de manera arbitraria en un espacio válido de ser vigilado por la sociedad.

mujerxxEn los últimos tiempos se leen muchos ataques a la reivindicación del derecho al aborto, quizá como reacción a  la fuerza con la que crecen los argumentos a favor. Muchos de estos ataques abandonan la retórica clásica que apela a la “piedad por el niño por nacer”. Y en lugar de ella  asumen posiciones de violencia, franqueza y arbitrariedad más abiertas. Reacciones de este tipo se vienen viendo en niveles y ámbitos muy diversos. Por un lado tenemos declaraciones como las de Aurelio García a principios de año, que hablan de  de “hackear el código civil” —algo que ya lograron— para instalar como base legal ese debatible principio escolástico de la “concepción”, parte integral del razonamiento naturalizador de la reproducción humana y en especial del papel de la biología femenina en ella.

Por otro lado tenemos declaraciones más apelativas, menos razonadas, que tratan de cargar a la posición proaborto de un sentido peyorativo de “ideología”. Discurso común usado en el pasado para atacar a la Izquierda. Ejemplo de estos recursos son las inatinentes declaraciones de  principios de año de Luciano Bugallo, asesor de Liliana Carrió; o notas como esta: Feministas presentan el proyecto de legalización del aborto, exabruptos reaccionarios y  vagos que dejan al descubierto su carácter misógino.

Hay muchas formas de analizar esta ofensiva renovada, y  es cierto que hasta puede decirse que su animosidad deja al descubierto debilidades en la integridad de sus argumentos. Pero no debe perderse de vista que aún con estas campañas de discurso arbitrario, atropellado e irracional, los planteos anti-aborto logran su cometido.

Ese cometido no es ganar la discusión, sino mantener instalada la polémica y llevarla hacia  puntos que son irrelevantes. Puntos como los “derechos del feto/niño por nacer”, la “familia natural”, la “maternidad natural” —esgrimido por muchas mujeres profeto—, y toda una plétora de elementos que ocultan la realidad objetiva: que un derecho básico no les es reconocido de manera íntegra a la mitad de la población.

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Situar allí la discusión es ilegítimo desde el comienzo, porque se está poniendo en entredicho un derecho personalísimo. Así, a efectos operativos, el avance en la legislación logra siempre retrasarse, aún cuando la opinión pública y calificada se acerque cada vez más a una mayoría  a favor de la libertad de elección.

Los elementos de estos sectores reaccionarios que tienen peso en el poder legislativo recurren de manera sistemática a mecanismos burocráticos a nivel institucional para lograr estos retrasos —del tipo que ya se vieron en presentaciones anteriores de la ley—, evidenciando que si bien siguen convencidos de que tienen razón, no confían en poder imponerlo en una discusión diáfana. Esto puede ser lo más cerca que va a estar un fanático de reconocerse equivocado.

Pero igual, cumple su cometido.

e995319095ae77ea5d6d0d1c7f8e1f28Hay muchos modos de dar dimensión real a la definición de que la integridad física es un derecho que no puede cuestionarse sin caer en una actitud criminal. Los métodos anticonceptivos fallan, y la provisión de muchos de ellos también es vigilada por los sectores reaccionarios y misóginos.  La mayoría de los abortos tienen lugar en sectores con bajos niveles de acceso a la educación sexual. Dar en adopción no es una opción realista, ya que las trabas burocráticas pueden retrasar años el proceso, sobre todo si la persona que entrega a su hijo está en emergencia económica. Las violaciones o riesgos de salud son a veces la realidad de la abortante, pero no siempre es el caso. La gente a veces queda embarazada y no tiene posibilidades de seguir su vida normalmente con un hijo. Nueve meses de embarazo pueden truncar para siempre una carrera basada en el rendimiento físico. O limitar seriamente una carrera laboral o de estudios. O poner una carga económica que no puede llevarse adelante sin bajar la calidad de vida. O es demasiado joven para la responsabilidad de ser madre. O demasiado mayor. O está demasiado ocupada. O tuvo sexo casual y no tienen deseos de formar un vínculo parental con la persona que tuvo la mala suerte de embarazarla.

O simplemente no quiere ser madre.

Todos estos, aunque son ejemplos visibles, son el efecto externo de un denominador común: el derecho a la autodeterminación sobre el propio cuerpo y la propia vida. Por eso no pueden ser discutidos por separado. Todos ellos, y otros, son igualmente válidos. Porque lo que en realidad es válido es el derecho personalísimo que garantiza estas decisiones. Negar ese derecho, en cualquier nivel, por más que no le guste a alguien el criterio con el que se utiliza, es un crimen. Considerarse habilitado para opinar sobre si este derecho debe aplicarse o no, también es un crimen.

La omisión del Estado también es un crimen.

Crímenes sociales contra las mujeres, porque aunque los hombres seamos condenados socialmente de la misma manera en algunas de estas circunstancias, son las mujeres las que sufren esta arbitrariedad en su propio cuerpo. Por eso es un crimen misógino.

Misoginia institucionalizada.

imagesCuando se habla de aborto, debe entenderse que se habla de una parte del derecho a la integridad y a la autodeterminación física. Es un derecho personalísimo, de primer nivel, del mismo grado, no inferior que el derecho a la vida o el derecho a la libertad. Son absolutos e inalienables, es decir, no pueden ser transferidos con ningún mecanismo, ni puestos en discusión. Estando al mismo nivel, no es lícito vulnerar uno de ellos para defender el otro. Forzar a alguien a parir a otra persona es vulnerar un derecho para, en el mejor de los casos, defender otro. Sería el equivalente a obligar a alguien a donar órganos o partes del cuerpo no vitales (como sangre o médula). Cuestionar moralmente a la persona que no elije donar sus órganos puede ser válido desde un punto de vista subjetivo, pero pasar por encima de su derecho personalísimo a la integridad física y a decidir qué hacer con su cuerpo y su destino no lo es, bajo ningún punto de vista.

Por todo esto, este derecho es independiente, en términos objetivos, de los supuestos y discutidos derechos que pueda tener el embrión. La realidad objetiva es que prohibir el aborto es una vulneración sin importar si esta prohibición existe para proteger los derechos de otra persona o no. Se disfrace con la retórica que se disfrace, se están vulnerando los derechos de una persona.

Y defender los derechos de una persona quitándoselos a otra no es válido.

Ni siquiera por el derecho a la vida.

Si abortar es un crimen o no, pasa por la moral individual y subjetiva de cada persona. Que la sociedad se arrobe derechos sobre el cuerpo de las mujeres es objetivamente un crimen ético. La existencia de métodos de prevención del embarazo, o apelar a la supuesta “condición de persona” del embrión, no atenúan el crimen socialmente avalado que se está cometiendo con la prohibición  del aborto.

el-feto-es-persona-eligelavidaY justamente, muchos de los argumentos que hoy día se debaten tienen la peculiaridad de centrarse en el derecho a la vida del embrión humano al que se está abortando. Las discusiones instaladas tratan sobre cuándo comienza la vida, sobre si hay derecho o no a interrumpir el desarrollo de esa vida, sobre a partir de cuándo se desarrolla su Sistema Nervioso Central, cuando empieza a sentir dolor o a tener subjetividad propia. Esta discusión es válida a nivel técnico y clínico para darle a la gestante (si ella lo desea) información útil para tomar la decisión de interrumpir su embarazo. Pero se utiliza en la práctica para vulnerar sus derechos. Y se seguirían vulnerando si la gestante estuviera por ejemplo, obligada a escuchar estas argumentaciones estando en una situación emocionalmente vulnerable de llevar un embarazo no deseado. Ese simple gesto podría tranquilamente calificar como tortura en una corte internacional, si se aplicaran los criterios que se aplican para, por ejemplo, los crímenes de guerra.

La realidad de la discusión clínica y legal está muy lejos de llegar a una conclusión acerca de si un embrión es una persona, algo que ni siquiera es probable. Por ende, lo que proponen los anti-abortistas es vulnerar los derechos básicos de una persona para poder debatir sobre si algo cuya naturaleza de persona está en severa discusión, tiene o no derecho a vivir.

La soberanía sobre el propio cuerpo no es asunto de debate público. No tenemos derecho a debatir sobre qué hace una persona con su cuerpo. No podemos obligarla a donarle su vientre 9 meses a un feto del que no quiere ser madre, y menos sugerir que debería donarle directamente su maternidad.

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Los derechos personalísimos de los sujetos están por encima de su condición biológica, algo que todos aceptamos, excepto para las mujeres, en algunas partes atrasadas del planeta. En esos casos, su condición de persona parece secundaria a su condición de órgano reproductor social. Es aquí donde queda en evidencia la naturaleza de odio social contra la mujer oculta tras este debate público.

No es la razón la impulsora del debate, es la misoginia.

“Odio” en el sentido de anular a alguien como persona por definición, como hace el racismo con determinadas etnias. Porque incluso si se ejerce un castigo sobre un criminal, sus derechos están presentes y son vulnerados sólo porque el crimen contra la sociedad se considera razón válida para suprimirlos, aún en los casos donde se aplican penas capitales. En el caso de prohibir el aborto, por el contrario, el castigo se impone por algo que la persona es.

Se intenta hacerla esclava de su propia biología.

Esa es la definición misma de odio, y esta prohibición evidencia el odio que esta sociedad opera sobre la mitad de su población.

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Para finalizar, es importante señalar que los derechos personalísimos no son “algo” que el estado o la sociedad conceden, no procede de la fuerza de la ley ni del consenso. Los derechos personalísimos pertenecen a todas las personas en tanto personas. Lo que se le pide al estado es que los reconozca. Una autoridad que no reconoce y apoya con su legislación un derecho personalísimo, lo está vulnerando. Los aparatos reproductivos de la gente no son un bien social sobre el que podamos opinar. No son una res publica.

Es hora de que la sociedad madure y que busque defender el bien común en otro tipo de discusiones más dignas y humanas, como por ejemplo, salir a marchar por la cantidad de mujeres muertas por abortos clandestinos y su vulnerado derecho a la salud integral.


 Seguí leyendo: Repetí conmigo: “No, no vas a perder a tus seres queridos nonatos, solo vas a ganar derechos”.

Vandalismo: ese terror pequeñoburgués.

Desde “estas resentidas que desprestigian el movimiento”, “¿pero que piensan lograr sin usar la diplomacia?”, “¡así no van a lograr que las escuchen!”, “vayan a buscarse un trabajo” hasta “¡este feminismo no me representa!”, los ninguneos hacia las mujeres que se manifestaron como mejor les salió en el último Encuentro Nacional de Mujeres 2016 han sido para cortar, juntar y poner en un álbum de recortes. 

¿Puede criticárseles a esta “buena gente”, esta falta de originalidad? 

¿Puede criticárseles esta falta de humanidad?

Recorramos la historia del término “vandalismo” y saquen sus propias conclusiones.

¿Es el ayer un poquito igual que el hoy?


La palabra vandalismo en su definición enciclopédica se refiere a “acciones de devastar y destruir cualquier cosa con obtusa maldad, especialmente si es bonita o útil”. Fue acuñada por primera vez en 1794 por Henri-Baptiste Gregórie, un “moderado” de la Revolución Francesa. Este hombre que pese a pugnar por el pronto guillotinamiento de los reyes, aspiraba a un puesto de Obispo de la Iglesia Católica; empleó este término como forma de repudiar lo que consideró los peores ejemplos del extremismo popular: la destrucción de varias iglesias durante los disturbios llevados a cabo por los sectores más combativos de la clase trabajadora durante la Revolución.

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La alusión clara era a los vándalos, identidad étnica de lengua germano-báltica que fue una de las protagonistas de las “invasiones bárbaras” que acabaron con lo que quedaba del poder del Imperio Romano en el siglo V de la era común. El episodio aludido era el saqueo de la mismísima ciudad de Roma por los guerreros vándalos ocurrido en el año 455. Roma ya había perdido su mítica inviolabilidad 45 años antes, cuando fue saqueada por los visigodos. La destrucción sufrida en aquella ocasión fue tan impresionante que quedó en la memoria colectiva como proverbial.

O por lo menos, eso fue lo que pensó Henri-Baptiste…

La realidad es que antes de ese episodio, infinidad de ciudades y poblaciones mas pequeñas habían sido saqueadas, invadidas, destrozadas, masacradas, reducidas a la nada y sus habitantes sometidos a la esclavitud. En los 600 años previos a aquel acto de los vándalos, gran parte de esos saqueos y masacres fueron perpetrados por tropas de la misma Roma, ya sea conquistando, reconquistando, pacificando o reprimiendo alguna parte de su vasto imperio.

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Sin embargo, algo tenia de especial aquel saqueo —como el visigodo—, que el conservadurismo burgués relacionó con lo que sucedía en la Francia revolucionaria. Los que estaban ejerciendo la violencia y el poder, enseñoreándose en la capital del Mundo Antiguo eran los marginados, los habitantes de la periferia, la gente de los pueblos a los que Roma compraba como esclavos a sus mismos compatriotas. Y no intentaban conquistar, no intentaban apropiarse de ese poder. Intentaban expresamente destruirlo, quebrar su orgullo, deshacerlo como símbolo.

Por eso la destrucción “con obtusa maldad” de “cosas bonitas y útiles”.

Los de abajo estaban ejerciendo el poder, de forma brutal. Y había que dejar claro que eso era por si sólo algo diferente, mucho más grave y horripilante que el tratamiento brutal al que esos de abajo eran sometidos de manera diaria.

Por eso se acuña la palabra vandalismo.

El concepto es acuñado por un conservadurismo burgués naciente y consciente de que acababa de desplazar a la aristocracia terrateniente. Mientras que en los tiempos de la Revolución Francesa se habían necesitado medios para desestabilizar el poder, ahora que se lo poseía debían encontrar modos de apuntalarlo. Poner una barrera entre ellos, los nuevos poderosos respetables, y el pueblo que quería llevar la revolución hasta el final, hasta terminar con la opresión.

La vieja aristocracia apelaba a su superioridad de origen, que era su derecho por nacimiento, para tachar de pecaminoso a quienquiera que —ignorando el designio divino en ese origen— se atreviera a agredirlos. La nueva burguesía demócrata, en cuya base ideológica estaba la igualdad universal entre las personas —hombres blancos, propietarios— necesitaba un mito diferente para erigirse en intocable. Para construirlo, se usó como base los miedos de los numerosos miembros de la masa trabajadora y de la pequeña burguesía que, después de todo, eran pequeños propietarios o aspiraban a serlo. Se apeló a esa pulsión egoísta, básica, primaria de las personas a defender “lo suyo”, tan justificada por la ideología de la propiedad privada. De esa manera, se presenta el ataque a esa propiedad privada como un acto aberrante; algo digno de un sociópata, un bárbaro incivilizado o un individuo bestial, sin respeto alguno por ese naciente orden burgués.

Si alguien es capaz de destruir lo que te costó tanto trabajo, ¿qué les haría a ustedes si los tuviera enfrente?

Por supuesto que esto era meramente una construcción discursiva hacia afuera. El verdadero subtexto es exactamente el mismo que pasaba por las mentes de los antiguos aristócratas pre-burgueses: ¿cómo se atreven los dominados a atacar nuestras propiedades?

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Poco han cambiado las cosas desde entonces, siguiendo como seguimos bajo el mismo orden burgués. Aún hoy, la violencia de los dominados para hacerse oír es vista como algo mucho más horripilante que la violencia que ellos —o ellas— tienen que sufrir. No debería extrañarnos que les parezcan más importantes las paredes que las vidas humanas. Eso está claro cuando usan la palabra vandalismo, que es un síntoma inequívoco de como piensan y de como reaccionan, porque nunca se usó de otra manera.

Por supuesto que les importan más las paredes, los monumentos y la limpieza de las calles que las vidas de las mujeres…  como también valoran más que a ellas la “respetabilidad” de sus familias protegidas por el aborto clandestino, y el “honor” de sus “hombres de familia” protegidos por el encubrimiento a los abusos sexuales.

Porque las posesiones del burgués —o del pequeñoburgués que se piensa su igual— valen más que las vidas de otras personas, por la simple razón de ser suyas. Y debido a esto, la mujer vale más como posesión que como persona. Por eso debe cuidarse, como se cuida la propiedad privada. Y siguiendo la misma lógica, encuentran impertinente que —hoy— sean las mujeres, que “deberían estar calladas la boca y sufrir lo que les tocó”, las que se atrevan a poner en duda esa importancia y esas prioridades que los valores burgueses asignan tácitamente a cada quién.

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Así, esos ataques vandálicos demuestran que las mujeres ya no tienen miedo porque ya no les queda miedo que tener. Están dispuestas a pasar por encima de esos valores, que le dan más importancia a su categoría de cosa valiosa que a su condición de persona. Eso, en esas mentes retrógradas, es muchísimo peor que una mujer asesinada porque desafía algo mucho más importante: sus estructuras.

Del mismo modo que hace 1600 años el saqueo por parte de los bárbaros era un horror mucho mayor que las masacres que había cometido Roma, y lo mismo hace 200 con las destrucciones causadas en Francia por las masas revolucionarias. Por la sencilla razón de que el blanco de los ataques eran las estructuras de poder y aquello que las sostenía.

Cuando discutimos con argumentos como éstos, debemos tener en claro que es totalmente inútil tratar de conciliar o de llegar a un punto medio. Porque desde el principio están pensados  con la lógica de que el oprimido no tiene derecho a “faltarle el respeto” a las reglas diseñadas para oprimirlo. Cuando se  esgrimen estos planteos, aludiendo  a la preocupación por las formas de una protesta o por la agresividad de los militantes —sonando casi a cinismo  para quien se ve sensibilizado de verdad por una problemática como la misoginia—, lo que en realidad se está diciendo es que están preocupados porque el orden no se altere.

Quien toma esta posición, consciente o inadvertidamente, esta señalando que necesita quitarle legitimidad a la protesta —no importa lo desesperada de ésta—, si ese orden no se respeta, porque la protesta está poniendo en jaque reglas mucho más profundas. No entienden, o no quieren entender o aceptar, que es precisamente ahí donde la acción necesita apuntar. Desafiar la estructura que asegura la dominación, la misma que protegen a las propiedades del vandalismo.

La ley de los dominadores.

Son elementos que el poder y sus voceros necesitan dejar claro. Necesitan dejar en claro que sus paredes valen más que las vidas de las personas a las que oprimen. Aunque hoy en día la corrección política les obligue a decirlo de forma encubierta. Porque el vandalismo es ese significante que utiliza el privilegiado pequeñoburgués para expresar el terror a perder sus privilegios y la caída del sistema que lo sostiene.


Escrito por: AnnaKarsis

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